Oraciones diarias por las Santísimas Llagas de Nuestro Señor Jesucristo

Oraciones diarias por las Santísimas Llagas de Nuestro Señor Jesucristo:
 
 
Revelacion a Santa Brigida de Suecia en la Iglesia de San Pablo, Roma.
 
Santa Brígida deseaba saber cuantos azotes recibiera Jesús en su Pasión.
Ante el deseo de la Santa por venerar este sufrimiento del Redentor,
Él se le apareció y le dictó quince oraciones para rezarlas diariamente durante un año,
junto con un Padrenuestro y un Avemaría por cada una.
"Al terminar el año – le dijo – habréis venerado cada una de mis Llagas."
Además de las oraciones, también le reveló la promesa
de excelentes gracias para quienes las rezaran.
(Aprobadas por el Papa Pío IX).

 

Las 15 oraciones:

Primera oración (Padrenuestro y Avemaría en cada oración)

¡Oh, Jesucristo! Sois la Eterna Dulzura de todos los que os aman: la Alegría que sobrepasa todo Gozo y deseo, la Salvación y Esperanza de todos los pecadores. Habéis manifestado no tener mayor deseo que el de permanecer en medio de los hombres, en la tierra. Los amáis hasta el punto de asumir la naturaleza humana, en la plenitud de los tiempos, por amor a ellos. Acordaos de todos los sufrimientos que habéis soportado desde el instante de vuestra Concepción; y especialmente durante vuestra Sagrada Pasión; así como fue decretado y ordenado desde toda la eternidad; según el Plan Divino. Acordaos, ¡oh, Señor! que durante la Última Cena con vuestros discípulos les habéis lavado los pies; y después les disteis vuestro Sacratísimo Cuerpo y vuestra Sangre Preciosísima. Luego, confortándolos con dulzura, les anunciasteis vuestra próxima Pasión.

Acordaos de la tristeza y amargura que habéis experimentado en vuestra Alma, como Vos mismo lo afirmasteis, diciendo: "Mi alma está triste hasta la muerte". Acordaos de todos los temores, las angustias y los dolores que habéis soportado en vuestro Sagrado Cuerpo, antes del suplicio de la Crucifixión. Después de haber orado tres veces, todo bañado de sudor sangriento, fuisteis traicionado por vuestro discípulo, Judas; apresado por los habitantes de una nación que habíais escogido y enaltecido. Fuisteis acusado por falsos testigos, e injustamente juzgado por tres jueces; todo lo cual sucedió en la flor de vuestra madurez; y en la solemne Estación Pascual.

Acordaos que fuisteis despojado de vuestra propia vestidura y revestido con manto de irrisión. Os cubrieron los Ojos y la Cara infligiendo bofetadas. Después, coronándoos de espinas pusieron en vuestras manos una caña. Finalmente, fuisteis atado a la columna; desgarrado con azotes y agobiado de oprobios y ultrajes.

En memoria de todas estas penas y dolores que habéis soportado antes de vuestra Pasión en la Cruz, concededme antes de morir, una contrición verdadera, una confesión sincera y completa; adecuada satisfacción y la remisión de todos mis pecados. Amén.

Segunda oración

¡Oh, Jesús, la verdadera libertad de los Ángeles y Paraíso de Delicias! Acordaos del horror y la tristeza con que fuisteis oprimido cuando vuestros enemigos, como leones furiosos os rodearon con miles de injurias, salivazos, bofetadas, laceraciones, arañazos y otros suplicios inauditos. Os atormentaron a su antojo.

En consideración a estos tormentos y a las palabras injuriosas, os suplico ¡oh, mi Salvador y Redentor! que me libréis de todos mis enemigos visibles e invisibles y que, bajo vuestra protección, hagáis que yo alcance la perfección de la Salvación Eterna. Amén.

Tercera oración

¡Oh, Jesús, Creador del cielo y de la tierra, al que nada puede contener ni limitar! Vos abarcáis todo y todo es sostenido bajo vuestra amorosa potestad. Acordaos del dolor muy amargo que sufristeis cuando los judíos, con gruesos clavos cuadrados, golpe a golpe, clavaron vuestras Sagradas Manos y Pies a la Cruz. Y no viéndoos en un estado suficientemente lamentable para satisfacer su furor, agrandaron Vuestras Llagas, agregando dolor sobre dolor. Con indescriptible crueldad, extendieron vuestro Cuerpo en la Cruz. Y con jalones y estirones violentos, en toda dirección, dislocaron vuestros Huesos.

Cuarta oración

¡Oh, Jesús, Médico Celestial, elevado en la Cruz para curar nuestras llagas con las vuestras! Acordaos de las contusiones y desfallecimientos que habéis sufrido en todos vuestros Miembros; y que fueron distendidos a tal grado, que no ha habido dolor semejante al vuestro. Desde la cima de la Cabeza hasta la planta de los Pies. Ninguna parte de vuestro Cuerpo estaba exenta de tormentos. Sin embargo, olvidando todos vuestros sufrimientos, no dejasteis de pedir por vuestros enemigos, a vuestro Padre Celestial, diciéndole: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen".

Por esta inmensa Misericordia y en memoria de estos sufrimientos, os hago esta súplica: Conceded que el recuerdo de vuestra muy amarga Pasión nos alcance una perfecta contrición y la remisión de todos nuestros pecados. Amén.

Quinta oración

¡Oh, Jesús, espejo de resplandor eterno! Acordaos de la tristeza aguda que habéis sentido al contemplar con anticipación las almas que habían de condenarse. A la Luz de vuestra Divinidad habéis dislumbrado la predestinación de aquellos que se salvarían, mediante los méritos de vuestra Sagrada Pasión. Simultáneamente, habéis contemplado tristemente la inmensa multitud de réprobos que serían condenados por sus pecados y os habéis quejado amargamente de esos desesperados, perdidos y desgraciados pecadores.

Por ese abismo de compasión y piedad y principalmente por la bondad que demostrasteis hacia el buen ladrón, diciéndole: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso", hago esta súplica, dulce Jesús: os pido que a la hora de mi muerte tengáis Misericordia de mí. Amén.

Sexta oración

¡Oh, Jesús, Rey infinitamente amado y deseado! Acordaos del dolor que habéis sufrido cuando, desnudo y como un criminal común y corriente, fuisteis clavado y elevado en la Cruz. También fuisteis abandonado de todos vuestros parientes y amigos, con la excepción de vuestra muy amada Madre. En vuestra Agonía, Ella permaneció fiel junto a Vos; luego, la encomendasteis a vuestro fiel discípulo, Juan, diciendo a María: "¡Mujer, he aquí a tu hijo!" Y a Juan: "¡He aquí a tu Madre!"

Os suplico ¡oh, mi Salvador! por la espada de dolor que entonces traspasó el alma de vuestra Santísima Madre, que tengáis compasión de mí. Y en todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales, ten piedad de mí. Asistidme en todas mis pruebas y especialmente en la hora de mi muerte. Amén.

Séptima oración

¡Oh, Jesús, inagotable fuente de compasión, ten compasión de mí! En un profundo gesto de amor habéis exclamado en la Cruz: "¡Tengo sed!" Era sed por la salvación del género humano.

¡Oh, mi Salvador! os ruego que inflaméis nuestros corazones con el deseo de dirigirnos hacia la perfección, en todas nuestras obras. Extinguid en nosotros la concupiscencia carnal y el ardor de los apetitos mundanos. Amén.

Octava oración

¡Oh, Jesús, dulzura de los corazones y deleite del espíritu! Por el vinagre y la hiel amarga que habéis probado en la Cruz, por amor a nosotros, oíd nuestros ruegos.

Concedednos la Gracia de recibir dignamente vuestro Sacratísimo Cuerpo y Sangre Preciosísima, durante nuestra vida y también a la hora de la muerte, para servir de remedio y consuelo a nuestras almas. Amén.

Novena oración

¡Oh, Jesús, Virtud Real y gozo del alma! Acordaos del dolor que habéis sentido sumergido en un océano de amargura, al acercarse la muerte. Insultado y ultrajado por los judíos, clamasteis en alta voz que habíais sido abandonado por vuestro Padre Celestial, diciéndole: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".

Por esta angustia, os suplico, ¡oh, mi Salvador! que no me abandonéis en los terrores y dolores de mi muerte. Amén.

Décima oración

¡Oh, Jesús, Principio y Fin de todas las cosas, sois la Vida y la Virtud plena! Acordaos que por causa nuestra fuisteis sumergido en un abismo de penas, sufriendo dolor desde la planta de los Pies hasta la cima de la Cabeza.

En consideración a la enormidad de vuestras Llagas, enseñadme a guardar, por puro amor a Vos, todos vuestros Mandamientos; cuyo camino de vuestra Ley Divina es amplio y agradable para aquellos que os aman. Amén.

Decimoprimera oración

¡Oh, Jesús abismo muy profundo de Misericordia! En memoria de las Llagas que penetraron hasta la médula de vuestros Huesos y Entrañas para atraerme hacia Vos, presento esta súplica:

Yo, miserable pecador profundamente sumergido en mis ofensas, pido que me apartéis del pecado. Ocultadme en los huecos de vuestras Llagas hasta que vuestra cólera y justísima indignación hayan cesado. Amén.

Decimosegunda oración

¡Oh Jesús, espejo de la Verdad, sello de la Unidad y vínculo de la Caridad! Acordaos de la multitud de Llagas con que fuisteis herido desde la Cabeza hasta los Pies. Esas Llagas fueron laceradas y enrojecidas. ¡Oh, dulce Jesús! por la efusión de vuestra adorable Sangre. ¡Oh, qué dolor tan grande y repleto habéis sufrido por Amor a nosotros en vuestra Carne Virginal, dulcísimo Jesús! ¿Qué hubo de hacer por nosotros que no habéis hecho? Nada falta. ¡Todo lo habéis cumplido!

¡Oh, amable y adorable Jesús! Por el fiel recuerdo de vuestra Pasión, que el fruto meritorio de vuestros sufrimientos sea renovado en mi alma y que en mi corazón vuestro Amor aumente cada día, hasta que llegue a contemplaros en la Eternidad. ¡Oh, amabilísimo Jesús! Vos sois el tesoro de toda alegría y dicha verdadera, que os pido concederme en el Cielo. Amén.

Decimotercera oración

¡Oh, Jesús, fuerte león, Rey inmortal e invencible! Acordaos del inmenso dolor que habéis sufrido cuando, agotadas todas vuestras fuerzas, tanto moral como físicas, inclinasteis la Cabeza y dijisteis: "Todo está consumado".

Por esta angustia y dolor, os suplico, Señor Jesús, que tengáis piedad de mí en la hora de mi muerte; cuando mi mente estará tremendamente perturbada y mi alma sumergida en angustia. Amén.

Decimocuarta oración

¡Oh, Jesús, Único Hijo del Padre Celestial, esplendor y semejanza de su Esencia! Acordaos de la sencilla y humilde recomendación que hicisteis de vuestra Alma a vuestro Padre Eterno, diciéndole: "¡Padre, en tus Manos encomiendo mi Espíritu!" Desangrado vuestro Cuerpo, destrozado vuestro Corazón y abiertas las Entrañas de vuestra Misericordia para redimirnos, habéis expirado.

Por vuestra Preciosa Muerte, os suplico ¡oh, Rey de los Santos! confortadme, socorredme para resistir al demonio, la carne y al mundo. A fin de que, estando muerto al mundo, viva yo solamente para Vos. Y a la hora de mi muerte, recibid mi alma peregrina y desterrada que regresa a Vos. Amén.
 
Decimoquinta oración

¡Oh, Jesús, Verdadera y Fecunda Vid! Acordaos de la abundante efusión de Sangre que tan generosamente habéis derramado de vuestro Sagrado Cuerpo. Vuestra Preciosa Sangre fue derramada como el jugo de la uva bajo el lagar. De vuestro Costado perforado por un soldado, con la lanza, ha brotado Sangre y Agua, hasta no quedar en vuestro Cuerpo gota alguna. Finalmente, como un haz de mirra elevado a lo alto de la Cruz, la muy fina y delicada Carne vuestra fue destrozada; la Substancia de vuestro Cuerpo fue marchitada y disecada la Médula de vuestros Huesos.

Por esta amarga Pasión y por la efusión de vuestra Preciosa Sangre ,os suplico ¡oh, dulcísimo Jesús! que recibáis mi alma cuando yo esté sufriendo en la agonía de mi muerte. Amén.

Conclusión :

¡Oh, dulce Jesús! Herid mi corazón,
a fin de que mis lágrimas de amor y penitencia me sirvan de pan día y noche.
Convertidme enteramente ¡oh, mi Señor! a Vos.
Haced que mi corazón sea vuestra Habitación Perpetua.
Y que mi conversación os sea agradable.
Que el fin de mi vida os sea de tal suerte loable, que después de mi muerte pueda merecer vuestro Paraíso y alabaros para siempre en el Cielo con todos vuestros Santos. Amén. 

 

Las quince promesas

  1. El que rezare estas oraciones durante un año alcanzará el primer grado de perfección.

  2. Cada vez que un alma rezare estas oraciones ganará 100 días más de indulgencia.

  3. Este alma obtendrá todo cuanto le pidiere a Dios y a la Santísima Virgen.

  4. Le preservaré de una muerte repentina.

  5. Preservaré y guardaré sus cinco sentidos.

  6. Yo le defenderé contra graves tentaciones: pondré el Signo de mi Victoriosa Cruz delante de él para que sea su amparo y defensa contra las asechanzas de sus enemigos.

  7. Su alma será librada de la muerte eterna.

  8. Quince días antes de su muerte vendré a él con mi carísima y bien amada Madre, tendrá conocimiento perfecto de todas sus culpas, sentirá contrición profunda por todos sus pecados.

  9. Le daré el Alimento de mi Sagrado Cuerpo para que se escape del hambre eterna y le daré de beber de mi Preciosísima Sangre para que no padezca de sed eternamente.

  10. Benignamente recibiré su alma y le conduciré a las Delicias Eternas. Y habiendo conducido a esta alma hasta las Mansiones Eternas, allí le daré de beber del Manantial de mi Divinidad, cosa que no haré con los que no hayan recitado mis oraciones durante un año.

  11. Se le asegura que será colocado junto al Supremo Coro de los Santos Ángeles.

  12. Libraré del purgatorio a quince almas de su parentela o linaje, quince serán convertidas y quince serán preservadas y confirmadas en la gracia.

  13. Haz saber que el que haya vivido haciendo su propia voluntad durante toda su vida o en estado de pecado mortal aun por 30 años, si rezare devotamente estas oraciones durante un año o si, habiéndose propuesto rezarlas, debiera morir al día siguiente, Yo le prolongaré su existencia para que se confiese bien y le perdonaré todos sus pecados.

  14. Donde quiera que se rezaren estas oraciones o si se rezan en algún tiempo futuro, allí estará Dios presente con su Gracia.

  15. Al que enseñare estas oraciones a otra persona se le asegura gozo continuo y el mérito perdurable por toda la eternidad

(Los padres de familia, maestros y catequistas que enseñen estas oraciones a los pequeños, por lo menos durante un año, serán premiados de Dios. Igualmente los que se las facilitan a otros.)

Aprobación de las oraciones y promesas

Estas oraciones y promesas fueron copiadas de un libro impreso en Toulousse, (Francia) en el año 1.740. Se publicaron por el padre Adrien Parvelliers, Jesuita Misionero Apostólico en la Tierra Santa, que obtuvo la aprobación, el permiso y la recomendación que se requería para difundirlas.

El Papa Pío IX declaró conocimiento de estas oraciones con el acto de presentar el prólogo. De esta manera, el Sumo Pontífice admitió la autenticidad de estas plegarias por el bien de las almas y firmó la aprobación el día 31 de mayo de 1.862. Este veredicto del Santo Padre fue confirmado con actos tangibles y concretos. Una colección de pequeños libros, incluyendo estas oraciones, fue aprobada por el Gran Congreso de Malines el 22 de agosto de 1.863.

Papa Benedicto XV: "La aprobación de estas revelaciones implica nada más que esto: después de una examinación lenta y detenida, se permite publicar estas revelaciones para el bien espiritual de todos los fieles y aunque no se les atribuye el mismo grado de fe igual al que se le rinde a las Verdades de la Religión bajo pena, sin embargo se les permite creer con fe humana. Es decir, conforme a las reglas de prudencia, por las cuales son probables. Por lo tanto, estando ya adecuadamente afirmadas y apoyadas por suficientes motivos, pueden ser piadosamente creídas."

Las promesas ya se han realizado en favor de todas las personas que han rezado estas oraciones. Además se han producido numerosos hechos sobrenaturales. Por este medio, Dios se ha dignado dar a conocer la rigurosa veracidad de estas oraciones y promesas.

¿Son 5.480 azotes?

Durante toda la Pasión, Nuestro Señor recibió multitud de golpes, maltratos, y vejaciones. Pareciera que los infiernos se desataran para infligir sobre su Sagrado Cuerpo toda clase de torturas. En las revelaciones de la Venerable Ana Catalina
, se detallan todos estos suplicios.

Si atendemos a la historia, encontramos que la flagelación representaba la mayor parte de los casos una pena capital, es decir, el ajusticiado era azotado hasta la muerte. En otras ocasiones significaba un "simple" castigo ejemplar público o una corrección por un delito leve.

En el caso de Jesús, se pedía la muerte, aunque Pilatos no tenía esa intención cuando lo mandó azotar. Sin embargo los verdugos estaban entrenados para flagelar con el mismo ímpetu, tanto si era para pena capital como para castigo ejemplar, sólo variaba el número de latigazos.

Es de suponer que, aunque lo hicieran muy a menudo, al ser un juicio público y sentirse rodeados de una multitud que gritaba "¡muerte!", los azotes golpeaban reforzados por el ambiente. Y las burlas se aguzaban a ingenio, para encender al populacho.

Los flagelos eran de diferentes tipos y cada verdugo estaba "especializado" en golpear con uno de ellos. Es por eso que las Llagas de Jesús se ven diferentes por ejemplo en la Sábana Santa de Turín. Unas más profundas que otras. Unas más alargadas, otras más redondas. Algunos látigos eran simples cuerdas anudadas. Otros llevaban pequeñas bolitas en las puntas. Y parece ser que también usaban varas de espinos.

Si fuera posible contar cada latigazo y a su vez, cada herida que produce un sólo golpe de flagelo, sean bolitas que se incrustan o espinos que rasgan la carne, podría salir el número de Llagas que Santa Brígida nos dice que Jesús le reveló. Además están los latigazos que fue recibiendo durante el camino al Calvario. Y los que con toda probabilidad le estuvieron dando mientras se burlaban de Él.

Jesús nos pide venerar cada una de sus Llagas. Sea como fueren causadas, son 5.480. Para ello quiere que recemos estas oraciones durante un año completo. Es decir, 15 oraciones, 365 días. Y así habremos venerado, según sus palabras "cada una de mis Llagas". Sin embargo, según esta cuenta, resultan 5.475 oraciones. Lo cual viene a significar que no solamente nos pide orar por los azotes, sino que más bien parece estar hablando de todas sus Llagas, pues pareciera que las cinco de más , vengan a ser las de las Manos, los Pies y el Costado, que no fueron producidas por un látigo, sino por los clavos de la Cruz y la lanzada de su Corazón. (La devoción a las Cinco Llagas es también muy apreciada por el Señor junto con la Llaga de la Espalda revelada a San Bernardo, como la más dolorosa de su Pasión.

No obstante, no existe ninguna objeción para aceptar llanamente que Jesús recibió todos esos miles de azotes, según lo reveló a una mujer de probada vida santa; y mucho menos cabe objetar el cumplimiento de este deseo del Señor en venerar amorosamente cada día de todo un año, ese sufrimiento que golpe a golpe, le fue infligido por nuestra causa. No solamente por las maravillosas y excepcionales promesas que nos ofrece al rendirle nuestro respeto y entregarle nuestro consuelo por su dolor, sino además porque, aunque las rezáramos durante todos los días de todos años de nuestra vida, nunca terminaríamos de pagarle tamaño Sacrificio.

Santa Brígida (1.303 – 1.373)
Su fiesta el 23 de Julio



  
Santa Brígida nació en Upsala (Suecia) el 14 de junio de 1.303. En ese momento el cura de Rasbo, don Benito oraba por un feliz parto de la Señora Ingeborde. Súbitamente se encontró envuelto en una nube luminosa en la cual se le apareció la Santísima Virgen diciéndole: "Una niña ha nacido en Birger y se oirá su voz por todo el mundo".

Brígida tuvo la dicha de nacer en una familia que tenía como herencia de sus antepasados una gran religiosidad. Sus abuelos y bisabuelos fueron en peregrinación hasta Jerusalén y sus padres se confesaban y comulgaban todos los viernes y como eran de la familia de los gobernantes de Suecia y tenían muchas posesiones, empleaban sus riquezas en construir iglesias y conventos y en ayudar a cuanto pobre encontraban. Su padre era gobernador de la principal provincia de Suecia.

De niña su mayor gusto era oír a su mamá leer vidas de Santos. Cuando apenas tenía seis años tuvo su primera revelación. Se le apareció la Santísima Virgen a invitarla a llevar una vida santa, totalmente del agrado de Dios. En adelante las apariciones celestiales serán frecuentísimas en su vida, hasta tal punto que ella llegó a creer que se trataba de alucinaciones o falsas imaginaciones. Pero consultó con el sacerdote más sabio y famoso de Suecia y él, después de estudiar detenidamente su caso, le dijo que podía seguir creyendo en esto, pues eran mensajes celestiales.

A los 13 años asistió a un sermón de Cuaresma, predicado por un famoso misionero. Este santo sacerdote habló tan elocuentemente acerca de la Pasión y Muerte de Jesucristo, que Brígida quedó totalmente entusiasmada por nuestro Redentor. En adelante su devoción preferida será la de Jesucristo Crucificado.

Un día rezando con todo fervor delante de un crucifijo muy chorreante de sangre, le dijo a Nuestro Señor: "¿Quién te puso así?" y oyó que Cristo le decía: "Los que desprecian mi Amor. Los que no le dan importancia al Amor que yo les he tenido". Desde ese día se propuso hacer que todos los que trataran con ella amaran más a Jesucristo.

Su padre la casó con Ulf, hijo de otro gobernante. Tuvieron un matrimonio feliz que duró 28 años. Sus hijos fueron ocho: cuatro varones y cuatro mujeres. Una de sus hijas fue Santa Catalina de Suecia. Uno de sus hijos fue religioso. Otros dos se portaron muy bien y Carlos fue un pícaro que la hizo sufrir toda la vida. Sólo a la hora en que él se iba a morir logró la santa con sus oraciones que él se arrepintiera y pidiera perdón de sus pecados a Dios. Dos de sus hijas se hicieron religiosas y otra fue "la oveja negra de la familia" que con sus aventuras nada santas martirizó a la buena mamá. Fue pues, una familia como tantas otras: con personas buenas y otras que hace sufrir.

Brígida era una dama principal de las que colaboraban con los reyes de Suecia. Pero en el palacio se dio cuenta de que se gastaba mucho dinero en lujos y comilonas y se explotaba al pueblo. Quiso llamar la atención a los reyes, pero éstos no le hicieron caso. Entonces pidió permiso para irse con su esposo en peregrinación a Santiago de Compostela. En el viaje, Ulf enfermó gravemente. Brígida oró por él y en un sueño se le apareció San Dionisio para decirle que se le concedía la curación, con tal que se dedicara a una vida santa. El marido curó y entró de monje cisterciense, donde unos años después murió santamente.

En una visión oyó que Jesús Crucificado le decía: "Yo en la vida sufrí pobreza y tú tienes demasiados lujos y comodidades". Desde ese día Brígida dejó todos sus vestidos elegantes y empezó a vestir como la gente pobre. Ya nunca más durmió en camas cómodas, sino siempre sobre duras tablas. Y fue repartiendo todos los bienes entre los pobres de manera que ella llegó a ser también muy pobre.

Con su hija Santa Catalina de Suecia se fue a Roma y en esa ciudad permaneció 14 años, dedicada a la oración, a visitar y ayudar enfermos, a peregrinar como orante muchos santuarios y a dictar sus revelaciones que están contenidas en ocho tomos muy interesantes; tan estimadas en su tiempo, que los sacerdotes las leían a los fieles en Misa. (Sufrió muy fuertes tentaciones de orgullo y sensualidad).

Desde Roma escribió a muchas autoridades civiles y eclesiásticas y al mismo Sumo Pontífice (que en ese tiempo vivía en Avignon, Francia) corrigiendo muchos errores y repartiendo consejos sumamente provechosos. Sus avisos sirvieron enormemente para mejorar las costumbres y disminuir los vicios.
 
Por inspiración divina fundó la Comunidad de San Salvador. El principal convento, en la capital de Suecia, con 60 monjas, se convirtió en el centro literario más importante de su nación en aquella época. Con el tiempo llegó a tener 70 conventos en toda Europa.

Se fue a visitar los santos lugares donde vivió, predicó y murió Nuestro Señor Jesucristo. En Tierra Santa parecía vivir en éxtasis todos los días. Allí recibió continuas revelaciones acerca de cómo fue la vida de Jesús, contenidas en uno de los tomos.

Al volver de Jerusalén se sintió muy débil y el 23 de julio de 1.373, a la edad de 70 años murió en Roma con gran fama de santidad. A los 18 años de su muerte, fue canonizada por el Sumo Pontífice.

Santa Brígida, te rogamos nos alcances del Señor, la perseverancia diaria para rezar estas oraciones por las Santas Llagas de Jesucristo. Tráenos de su Divina Misericordia el privilegio de meditarlas y su aprovechamiento espiritual. Intercede ante el Señor para que disfrutemos con gozo de las promesas que contienen, por mediación de Nuestra Santísima Madre. Amén.

 

 

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